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Asia, y especialmente China, es hoy el centro del mundo. China es la locomotora que impulsa ese proceso, una máquina espectacular de avance imparable. Sus 1400 millones de habitantes incluyen 300 millones de ciudadanos de alto poder adquisitivo, dispuestos a consumir productos caros y de calidad.
En Argentina, sin embargo, persiste un desconocimiento profundo de esa realidad, de sus posibilidades fenomenales e incluso de su cultura. Aún miramos a China con una fotografía sepia que ya no existe. Su economía, que en el pasado se basaba en la estatización de los medios de producción, hoy se caracteriza por un impresionante proceso de privatización: se registran 15 mil empresas privadas por día.
La agenda social china es igualmente impactante. Cada año, la integración de nuevos chinos al mercado de consumo equivale a sumar una Argentina entera. Su planificación es milimétrica: para 2035, aspiran a consolidar una clase media plenamente integrada al consumo; para 2050, la meta es la oficialización de su condición de superpotencia mundial.
Ante este aluvión de novedades, muchos argentinos están descolocados. Todavía arrastramos preconceptos de una China comunista que ya no existe. Pero el problema no es solo ideológico, es también logístico: no estamos organizados para vender nada que no sean commodities. Para comercializar en China, los productos deben estar físicamente en una de sus nueve zonas francas. Nadie va a comprar una lata de tomate argentina si le va a llegar tres meses después. En AliBaba, el gigante del comercio electrónico chino, si comprás antes de las 11 de la mañana, el pedido llega el mismo día a cualquier punto del país; si es después de esa hora, al día siguiente. No en dos meses.
Buena parte de nuestra clase empresarial pensaba, hasta hace muy poco, en la China de Mao. Esa imagen cambió a una velocidad extraordinaria, pero muchos aún no la han actualizado. Seguimos viendo a esa China invasora que indudablemente existió y que, hasta hace diez años, ofrecía productos baratos y de baja calidad. Esa China no existe más. Hoy estamos frente a un país hiperconsumidor y carísimo.
Los datos son elocuentes: Chile exporta 380 millones de litros de vino embotellado; Argentina, apenas 20 millones, y la mayor parte a granel, porque nuestros empresarios no tienen ni para la etiqueta ni para el corcho. Esa es nuestra triste realidad. Mientras el mundo avanza, Argentina, con sus dirigentes a cuestas, viaja al pasado montada en una escoba.












